19 octubre, 2016

PRECARIEDAD DE NUESTRAS VIDAS Y TRABAJOS Y GUERRILLAS SINDICALES

[Debate sindicalismo] Si no puedes ser grande, aprende a ser pequeño: guerrilla sindical

"¿Crisis del sindicalismo o la oportunidad para la guerrilla sindical?"
Por Yeray Campos. -'Solidaridad obrera', 14/10/2016.
'Si no puedes ser grande, aprende a ser pequeño', esta vendría a ser la máxima guerrillera por excelencia. Con ella unos pocos, pero que conocen bien el terreno, que han tejido amplias redes de enlaces y solidaridad, que saben cuando esconderse entre las sombras y cuando sorprender saliendo de los matorrales, pueden derrotar a muchos.
Pero la guerrilla es la forma organizativa para los malos tiempos. Para los de la represión, de la clandestinidad. Para cuando se nos impone ser pocos y ninguna otra forma de organizarse es posible. ¿A quién le gusta dormir al raso noche tras noche, olvidar lo que es una comida caliente, llenarse los pies y las manos de barro? ¿O ir, libres, por llanuras y montañas? Cuando se puede, cuando nos dejan, hemos de bajar del monte y tratar de ser muchos. De ser los muchos. De ser grandes. ¿O no?
En los años veinte el lema de la Industrial Workers of the World, el sindicato revolucionario anglosajón, era «One Big Union». Una Gran Unión, o una gran central sindical. Ser grandes, ser muchos, pero golpear como uno solo. ¿Por qué debía de ser así?
La respuesta está en el modelo de producción pre-fordista. A finales del siglo XIX y comienzos del XX los Estados liberales, incluso los más democráticos, no hacen demasiados esfuerzos por incluir a la clase trabajadora dentro de su proyecto político. El Estado social es mínimo, así como el desarrollo de las vías mediadas de negociación sindical y la intervención de los gobiernos en el mundo laboral. Salarios bajos, jornadas largas, sin vacaciones, sin legislación contra el despido. Sin protección ante el accidente o garantías ante la jubilación. Es en este contexto que se desarrolla la acción de los sindicatos revolucionarios.
Este modelo aboca inevitablemente a dos caminos. O la sumisión ante la patronal, lo que compromete la propia supervivencia material de las plantillas, o el conflicto. De los conflictos que se ganan salen acuerdos que se imponen a la patronal y que en el Estado español toman el nombre de bases de trabajo.
Hay quien quiere identificar las bases de trabajo como el antepasado de los actuales convenios colectivos, pero lo cierto es que su naturaleza es bien distinta. Para empezar toda base de trabajo era, sí o sí, producto de un conflicto laboral. Si el conflicto se ganaba el documento era firmado por el propio sindicato que llevaba a cabo la lucha en representación directa de los trabajadores y por la patronal. En ocasiones, si la base es importante, irá también firmada por un gobernador civil de provincia o un ministro del trabajo, pero por lo general el gobierno se mantiene al margen tanto del conflicto como de la negociación.
En segundo lugar, por lo general las bases de trabajo se van a aplicar únicamente sobre los obreros afiliados al sindicato que han librado el conflicto. En algunos casos incluso es posible que el sindicato logre imponer a la patronal que solo pueda contratar a trabajadores afiliados a la propia central.
Las consecuencias de este tipo de modelo de negociación colectiva son claras. Se tiende a una afiliación masiva que, además, debe de ser muy activa si quiere que se mantengan las bases firmadas. También se tiende a la unidad bajo una sola central sindical, al menos por empresa y sector. El término esquirol no hacía referencia tanto a quien no secundaba una huelga como a quien no pertenecía al sindicato al que debía pertenecer: La One Big Union. Frente a este concepto de unidad sindical hay quienes reivindican la «libertad» de no pertenecer al gran sindicato, caso de la Unión de Sindicatos Libres en la Cataluña de los años 20, de inspiración tradicionalista y que solo podemos calificar como prefascistas.
Dentro de este difícil modelo los sindicatos revolucionarios comienzan a conseguir victorias y a amenazar el orden capitalista. Esto coincide cronológicamente con el surgimiento de los fascismos, en los que el capitalismo logrará imponer el modelo del sindicato vertical. Aquí, para evitar el conflicto social, obreros y patronos son incluidos dentro de la misma estructura y todas las formas de lucha que permitían a los trabajadores obtener victorias en el modelo anterior (la huelga, el boicot y el sabotaje), son prohibidas y duramente reprimidas.
El sindicato vertical se establece en el Estado español con la victoria de las tropas de Franco, impuesto a punta de fusil, y toma el nombre de Organización Sindical Española. Un modelo así, basado en la extinción represiva de todas las fricciones que provoca la guerra de clases, tiene unos claros límites. Sólo puede mantenerse en una situación de excepción, cuando las violencias son canalizadas hacia la guerra imperialista (caso de Italia y Alemania) o cuando la economía se mantiene bajo una constante depresión autárquica que impide el desarrollo productivo (caso del Estado español). En el momento en que, en el caso del régimen franquista, los tecnócratas del Opus toman las riendas de la economía y el país se industrializa el sindicato vertical se queda obsoleto. Por dentro, es copado por la infiltración opositora y, por fuera, es desautorizado de forma que los convenios entre patronal y plantillas se firman al margen de la estructura.
Después de cuarenta años de mantener el movimiento obrero en una cárcel el vertical se derrumba. Las fuerzas que se le oponían salen a la luz, en tanto que otras renacen de la muerte impuesta. El Estado español ha estado todo ese tiempo en una cápsula del tiempo pero, a nivel sindical, ¿qué ha pasado en el resto de Europa occidental?
Tras la segunda guerra mundial, ante el fracaso de los fascismos y la amenaza soviética, se establece un consenso socialdemócrata. Los trabajadores cualificados de Europa son incluidos en el proyecto político de la burguesía. El Estado social se extiende y las democracias se vuelven más amplias y representativas. Si el palo del fascismo no había logrado exterminar el conflicto social, quizá había que probar con la zanahoria.
La patronal está ahora dispuesta a integrar a los sindicatos dentro de la estructura empresarial y los gobiernos aparentan ser árbitros neutrales. Los sindicatos que prosperan en este momento logran grandes cuotas de poder, a costa de renunciar a sus objetivos revolucionarios y de supeditar su acción al programa de un partido socialdemócrata, laborista o democristiano. Frente al tipo de acuerdo que hemos analizado más arriba, los acuerdos que genera este modelo sindical van firmados por lo general, ya no por un sindicato en cuestión, sino por un órgano de representación unitaria elegido a través de unas elecciones sindicales. Sería el caso de los shop stewards committees en Reino Unido o de los comités d´entreprise en Francia. El acuerdo firmado tiene carácter legal y no es extraño que los órganos gubernamentales intervengan tanto en las negociaciones como en los conflictos.
Las consecuencias de este modelo sobre el movimiento sindical son justo las contrarias. Para que un acuerdo se mantenga ya no es necesario que la afiliación sindical sea demasiado grande, ya que se aplica a todos los trabajadores independientemente de si su sindicato ha participado o no en el conflicto.
La tendencia, antes que al conflicto directo, es a la concertación y a la estabilidad, al mantenimiento de la paz social, por lo que tampoco es necesario que la plantilla se implique demasiado, profesionalizándose la negociación. Por último, en lugar de a la unidad bajo una única central, se tiende a la pluralidad producto de las elecciones sindicales. Lo que se disfraza de libertad para el trabajador, que puede elegir a la fuerza que más le convenga, también supone que la empresa pueda pactar con el sindicato que le venga mejor siempre que tenga suficiente representatividad.
Volviendo al Estado español, cuando cae el modelo sindical fascista, la mayor parte de la oposición reivindica el modelo de negociación que tiene lugar en el resto de Europa, con órganos de representación unitaria, mediación gubernamental, convenios colectivos y cogestión empresarial. Entre tanto la CNT, que renace desde la clandestinidad y el exilio, reivindica las bases de trabajo.
Se reparten fotocopias de viejas bases de trabajo firmadas en el año que siguió a la proclamación de la segunda república, o entre febrero y julio de 1936, dos momentos de excepción para los trabajadores y para la CNT, en los que la patronal estaba en retroceso y acepta firmar bases muy beneficiosas para el sindicato. En el primer caso por el shock que provoca el hundimiento repentino de la monarquía, en el segundo porque consideran que el golpe militar que les salve está cercano, como efectivamente era. Se pretende hacer de la excepción la norma, sin recordar, u olvidando a propósito, los límites del modelo. Y es que ante situaciones de represión sindical, ante pérdidas de afiliación o relajamiento de las plantillas las bases del trabajo caían. Las patronales dejaban de aplicarlas y las condiciones laborales volvían a empeorar, en un modelo profundamente inestable.
Igualmente hay que decir que, en aquellos lugares donde nunca ha habido un sindicalismo de concertación, como en los EEUU, el viejo sistema se mantiene sin que ello sea en absoluto beneficioso para los trabajadores. Si los acuerdos sindicales se aplican únicamente sobre los obreros sindicados no es raro que los propios sindicatos se vean constantemente ante la tentación de hacerse corporativos. Si añades a la ecuación una brutal represión contra el mayor sindicato de clase, la IWW, hasta reducirlo a la marginalidad, tienes un modelo copado por sindicatos corporativistas que sólo miran por los intereses de su propio sector. ¿O a nadie le suena la forma de actuar del gremio de actores de cine?
El problema de proponer un retorno a las bases del trabajo es que ni las patronales, ni unos trabajadores que aspiran a igualarse a la aristocracia obrera de Alemania o Francia, están muy por la labor. Eso sin tener en cuenta que el resto de sindicatos ya están ejerciendo de forma extraoficial el nuevo modelo. Sólo faltaba que el gobierno, a través de los Pactos de la Moncloa, lo ratificara.
La CNT, que en un principio se niega tajantemente a participar en la negociación de los convenios colectivos, se verá divida entre quienes aceptarán formar parte de los órganos de representación unitaria y quienes no. Pero ambos sectores se acaban viendo obligados a tragar con los convenios.
Ante el modelo de producción fordista, las fuerzas que apostaban por la no mediación, por la acción directa, por la autonomía sindical y por escalar los conflictos hacia un futuro revolucionario, ya no pudieron ser grandes y debieron aprender, sin jamás retroceder, a ser pequeñas.
Ahora que el neoliberalismo ha puesto en crisis al modelo sindical de la concertación, que los comités de empresa quedan reducidos a la inoperancia, que los convenios colectivos caen como fruta demasiado madura, que los gobiernos se quitan el disfraz de amables mediadores, es quizá el tiempo para salir de entre los matorrales y dar el asalto. En un momento como el actual, las complejas maquinarias burocráticas en las que se han convertido los sindicatos de concertación no son capaces de dar la lucha ni por sus propios privilegios. Es el tiempo de la flexibilidad en las tácticas, de la sorpresa. Los pocos, pero que conocen bien el terreno, que tejen redes de solidaridad, pueden ser capaces de vencer. ¿Crisis del sindicalismo o la oportunidad para la guerrilla sindical?

Yerai Campos está terminando historia y trabaja precariamente. Participó en la puesta en marcha de regeneracionlibertaria.org. Secretario de organización de la FEL (2014 a 2015). Afiliado a la CGT.